Fuente de Vida
Hemos respondido a un llamamiento divino para vivir nuestra consagración bautismal con mayor plenitud y siendo Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres hemos de configurarnos con ese Corazón misericordioso para llevar su misericordia a los más pobres.
Para lograr tan alta meta nos esforzamos día a día por beber en la fuente misma del Corazón de Cristo, como él mismo nos enseña: “Quien tenga sed, que venga a mí, y beba. Del seno de quien cree en mí correrán ríos de agua viva. Y esto lo decía del Espíritu Santo que iban a recibir los que creyeran en él” (Juan 7,37-39).
Para beber de esta fuente se requiere tener sed, quien no tiene sed de esta agua no la beberá. En el pozo de Jacob, le dice a la Samaritana: “Si tú supieras quién es el que te dice „dame de beber‟, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”. Y le añade: “Quien beba de esta agua, volverá a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, porque el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que, como un surtidor, saltará hasta la vida eterna” (Juan 4,10-14)
La sublimidad de estas palabras solo se percibe al beber el agua que Jesús ofrece, y que no es otra cosa que el Espíritu Santo. Solo en el Espíritu se comprende la altura y profundidad de la vida que Jesús nos ofrece.
Si nosotras somos mujeres en busca de plenitud por los caminos del Evangelio, si
somos discípulas y misioneras, es solo en cuanto nos alimentamos de esa fuente de vida que es el Corazón de Jesús. Ansiamos como la cierva las corrientes de agua que brotan del costado abierto de Cristo.
Vivimos así una espiritualidad que brota de la Palabra y de los Sacramentos, que se incrementa en la oración tanto personal como comunitaria y litúrgica y se evidencia en una vida de amor y reparación por el pecado del mundo. Estamos íntimamente marcadas por el amor del Corazón de Jesús y consagradas a Él, como manifestación de un amor íntegro. Este amor es herencia del Padre Yermo, quien decía: “ Toda la Congregación y cada una de ustedes en particular debe recibir del sagrado Corazón de Jesús, la vida y el impulso más fuerte para su santificación personal y para su apostolado con los pobres”.
“En tu Corazón Santísimo descargo todos mis temores y pesares, deposito allí todos mis anhelos, mis esperanzas y todo mi amor. Quedo tranquilo, sé bien que todo mi ser está en tus manos. Toda, toda mi confianza en el Corazón dulcísimo de mi A migo y Señor Jesucristo y el de mi buena Madre la Virgen María”.
La Madre de Jesús impulsa nuestro caminar por los senderos del Reino y la reconocemos como Reina y Madre de cada Sierva y de la Congregación, especialmente en su advocación de Guadalupe quien nos lanza por los senderos de los más pobres.














